jueves, 27 de octubre de 2011

Reflexión y vivencia de lo humano

La historia de la ética es una historia de énfasis en la razón, de eso que se ha dado en llamar “intelectualismo moral”. Los autores escoceses del siglo XVIII que intentaron romper una lanza en favor de las emociones como motores de la vida moral, quedaron en un reducto con menor influencia que la corriente dominante de la racionalidad. Así, pertrechados con la poderosa dinámica de la argumentación, construimos día a día nuestros fundamentos éticos, convencidos de que esto nos protege frente a la violencia de la imposición dogmática, frente a la irracionalidad y la arbitrariedad que siempre son fuentes de intolerancia, y frente al absurdo de no poder justificar nuestros pensamientos o nuestros actos. Todo el énfasis que se haga en la necesidad de dar razones será insuficiente, porque no por muy repetido deja de ser esencial que la fuerza de los argumentos sea la mejor defensa contra el argumento de la fuerza.
            No obstante, la perspectiva emocional, afectiva, va cobrando progresivamente carta de ciudadanía en el mundo de la ética. Difícilmente puede entenderse al género humano cuando actúa, si no es atendiendo a esos elementos de motivaciones, sentimientos, esperanzas y afectos que determinan sus elecciones.
            Incluso los estudios de neurociencia actual están insistiendo en cómo la dimensión emocional influye en la toma de decisiones, en las funciones ejecutivas que son aquellas por las que habitualmente definimos al ser humano.
No se puede “pensar sin sentir”, entre otras cosas porque en la dimensión práctica, que es la que atañe a la ética, no es posible tomar decisiones sin valorar, y en la valoración, además de los elementos racionales que pudiéramos utilizar como justificación explicativa, hay sin duda emociones. Qué es lo importante para el ser humano depende, en buena medida, de su idoneidad para la supervivencia, y por tanto tiene sentido entender que el cerebro se caracteriza por su capacidad de adaptación evolutiva. Sin embargo, el modo humano de sobrevivir en un entorno que ha sido modificado culturalmente es radicalmente diferente de la mera supervivencia física, y la posibilidad de valorar influye y es influida mutuamente por la cultura. El ser humano es un animal cultural, interpretativo, creador, su cerebro le dota con herramientas para este privilegiado y único modo de vivir: interactuando con el medio para convertirlo en un mundo con sentido, y en esa tarea se encuentran y compenetran las funciones cognitivas y las emocionales. (Sobre esta cuestión ver: L. Feito “Neurociencia de las emociones. Claves del comportamiento humano” Diálogo filosófico, Nº 80, 2011 (Ejemplar dedicado a: Neuroética), págs. 225-242).
Pero es que, además, tratar de reflexionar sobre temas de ética y bioética sin incorporar una dimensión de “empatía”, de capacidad de “com-padecer”, de “ponernos en la piel del otro” para intentar ver el mundo desde su perspectiva y, por tanto, sin desarrollar una sensibilidad ante el sufrimiento y la vivencia del otro humano, sería elaborar un pensamiento descarnado, que quizá pudiera ser válido para los tratados pero no para la vida. La ética no puede ser una representación, una “performance suplementaria y ornamental” (algo que ya decía J. Ortega y Gasset), donde se busque una narcisista autocomplacencia en el discurso, y no puede serlo sencillamente porque es demasiado importante: atañe al modo humano de ser y vivir.
En buena medida son las experiencias vividas y compartidas las que nos dan las lecciones más importantes – y también las más duras— sobre los aspectos esenciales que están en juego en los problemas de lo humano. Por eso conviene escuchar y abrir la mente. Cuando es preciso decidir sobre lo que concierne a la vida de las personas, no son válidos los planteamientos que no atiendan y subrayen ese aspecto valorativo que no sólo se percibe con los ojos de una teoría desprendida de la realidad humana. Difícilmente podremos hacer discursos válidos, por ejemplo, sobre cómo afrontar el final de la vida, sobre cómo tomar decisiones en ese periodo angustioso y desgarrador, sobre cuáles son los valores más importantes que se ponen en juego en ese momento, sobre cómo ofrecer cuidados, apoyo y alivio cuando ya no es posible otra actuación, si no hemos sido capaces de poner en marcha un pensamiento afectivo, una prudencia sensible, una reflexión que sirva para vivir.

jueves, 13 de octubre de 2011

En homenaje a Diego Gracia

      Nuestro buen amigo, maestro y admirado profesor Diego Gracia se ha jubilado. Y queremos felicitarle por ello.

      Porque aunque existe en nuestro contexto una concepción pesimista que considera que jubilarse es sinónimo, no de un merecido retiro feliz, sino de ser retirado, desechado, como ya inútil, conviene recuperar el sentido positivo que, en mi opinión, es el más auténtico de esta palabra: el regocijo y la viva alegría, el júbilo.
       Alegría por haber llegado a este momento de la vida, por haber cumplido una etapa con plenitud y la satisfacción de la tarea realizada y bien hecha, por comenzar ahora un nuevo ciclo lleno de posibilidades y novedades.
        Júbilo por haber dedicado una buena parte de su vida a esa noble e imprescindible tarea de la formación, enseñando a varias generaciones de alumnos, tanto en pregrado como en postgrado y en formación continuada, a pensar críticamente.
      Satisfacción por haber tenido la oportunidad de conocer y colaborar con quien nos ha enseñado, no sólo con su magisterio, sino también con el ejemplo vivo de su propia labor, cómo es posible conciliar un profundo y sólido conjunto de conocimientos –siempre creciente y sin perder un ápice la sed de seguir aprendiendo—, con la prudencia y la ponderación en la valoración de los muchos factores, circunstancias, matices y perspectivas que, en un mundo plural y dinámico, son imprescindibles para llevar a cabo el mejor y más completo ejercicio de respeto y tolerancia: la deliberación.
      Regocijo por sentirnos parte de un proyecto compartido que pretende hacer un poco mejor este mundo. Por trabajar en este apasionante tema de la bioética, de las humanidades médicas, de la reflexión y el análisis de las prácticas asistenciales y, por extensión, de la promoción de valores en sociedades cada vez más complejas y ricas.
       Gozo por saber que Diego Gracia seguirá trabajando, investigando, escribiendo, difundiendo su sabiduría en conferencias y cursos, que su jubilación –así lo esperamos— le permitirá disponer de algo más de tiempo para todo aquello que la voracidad de sus alumnos le impidió realizar.
     Y el deseo de que esta nueva etapa que ahora inicia sea feliz y completa. Será, una vez más, un honor y un privilegio, seguir colaborando y aprendiendo con él.
     Este comentario, así como la reflexión del propio Diego Gracia sobre su tarea intelectual, pueden encontrarse en el último número del Boletín Bioética Complutense (al que se puede acceder desde el botón de la derecha de esta página).

miércoles, 20 de julio de 2011

Educar, mejorar, elevar la altura moral

      En un conocido texto de J. Ortega y Gasset (en "Por qué he escrito El hombre a la defensiva"), este filósofo afirmaba que la moral no es un ornamento superfluo y prescindible, sino el auténtico modo de ser de la persona que se crea a sí misma, que desarrolla su vocación (sí, un tener que ser ineludible que le hace vivir en autenticidad consigo mismo, como un quehacer continuo y dinámico, siempre inacabado y perfectible), y que por tanto cree en sí mismo y en sus posibilidades. A esto lo denominaba estar "alto de moral", al modo como lo decimos de un equipo deportivo que está confiado en sus capacidades para ganar o, por el contrario, desmoralizado, hundido, vencido ya de antemano.
    «Me irrita este vocablo, 'moral'. Me irrita porque en su uso y abuso tradicionales se entiende por moral no sé qué añadido de ornamento puesto a la vida y ser de un hombre o de un pueblo. Por eso yo prefiero que el lector lo entienda por lo que significa, no en la contraposición moral-inmoral, sino en el sentido que adquiere cuando de alguien se dice que está desmoralizado.

     Entonces se advierte que la moral no es una performance suplementaria y lujosa que el hombre añade a su ser para obtener un premio, sino que es el ser mismo del hombre cuando está en su propio quicio y vital eficacia. Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida, y por ello no crea, ni fecunda, no hinche su destino.»
     En buena medida, la situación actual es un caldo de cultivo idóneo para el desánimo y la desmoralización. Por un lado porque las dificultades económicas ahogan y preocupan, no dejando espacio, aparentemente, para otra cosa que la lucha por la supervivencia. Por otro lado, porque en situaciones críticas parece que todo esté justificado y que la ética, ahora sí, se convierta en un ornamento superfluo. Nada peor que esta forma de desmoralización, que une a la apatía y la incapacidad para afrontar los problemas una suerte de justificación válida de cualquier acción, por vil que ésta sea, en aras del logro de un objetivo presuntamente legítimo.
     Este preocupante diagnóstico tiene también un mal pronóstico si no reaccionamos pronto. Que las situaciones sean difíciles, no justifica que todo sea válido. Que sea necesario pelear por salir adelante, no hace morales las acciones inmorales. Que el futuro sea incierto, no valida la ley de la jungla, ni el "sálvese quien pueda", ni pisar cabezas o convertirse en un superviviente a costa de todo y de todos. Ahora, más que nunca, se pone a prueba nuestra capacidad de actuar correctamente en situaciones difíciles de gran incertidumbre. Que precisamente son las que llaman a nuestra condición humana, para que no se dé esa situación que tan acertadamente comentaba también Ortega y Gasset: que el tigre no puede destigrarse, pero el ser humano sí puede deshumanizarse.
     En este contexto, resulta interesante, intrigante y sugerente la reflexión que realiza el filósofo Guy Kahane (Uehiro Centre for Practical Ethics, Facultad de Filosofía, Universidad de Oxford) en relación a la posibilidad de mejorar los comportamientos éticos de las personas a través de sustancias químicas que pudieran alterar las funciones cerebrales -como una "píldora de la moral"- (http://www.project-syndicate.org/commentary/kahane1/English).
    Los seres humanos han confiado tradicionalmente en la educación, la persuasión, las instituciones sociales, el castigo, etc. como medios para controlar los comportamientos. Evidentemente, si pudiéramos disponer de una sustancia que nos hiciera mejores personas, muchos se opondrían, pero ¿tendrían un argumento sólido para oponerse a su uso? Si realmente pudiéramos conseguir que las personas fueran más solidarias, más colaboradoras, más justas ¿tendría sentido no utilizar esa posibilidad? ¿Deberíamos seguir confiando en métodos de mejora de los comportamientos que han demostrado ya su escasa eficacia a lo largo de la historia? Desde luego, el tema es al menos digno de ser pensado.
    Por supuesto, este debate se inscribe en la reflexión sobre la mejora y las posibilidades de modificación del ser humano que van poniendo a nuestra disposición la neurobiología u otras ciencias.
    Pero lo que aquí me interesa destacar, desde mi posición de profesora de ética y, por tanto, firme convencida y defensora de la potencia enorme de la educación como factor de transformación y mejora, es la necesidad de pensar seriamente sobre estas posibilidades y las razones para su uso.
    La reflexión de Kahane prosigue afirmando que sería ideal que los individuos pudieran explorar libremente modos de mejorarse a sí mismos. Como lo hemos estado haciendo hasta ahora: promoviendo una mayor autoconciencia, o fomentando la lectura de libros de filosofía moral. Pero también, ¿por qué no?, utilizando una hipotética "píldora de la moral" de la que pudiéramos disponer. De hecho, ya usamos otras sustancias para estar más despiertos y atentos, para mejorar la memoria o el rendimiento intelectual, para dejar de estar tristes y desanimados, etc. En este sentido no habría una gran diferencia.
    Sin embargo, parece que las personas no estarían tan dispuestas a utilizar esa píldora. Y podríamos estar tentados de pensar que se trata de una oposición fundada en convicciones bien razonadas, sobre la necesidad de promover el esfuerzo personal, la confianza en que el ser humano puede transformarse por un acto de voluntad, o incluso posiciones que quisieran preservar una subyacente naturaleza humana inmutable (si es que eso existe). Pero no. La afirmación de Kahane que revuelve las conciencias, la que es realmente inquisitiva, y que suscita una inquietante cuestión es que, quizá, la gente no querría tomar píldoras que les hiciera moralmente mejores, porque no está claro que las personas realmente quieran ser moralmente mejores. Los que necesitan más ayuda para mejorar, serían probablemente los que menos querrían mejorar.
      Y esto sí merece la pena pensarlo con calma.

martes, 12 de julio de 2011

Boletín Bioética Complutense

    Ya está disponible el nuevo número del Boletín Bioética Complutense. Puede accederse a través del enlace situado a la derecha de esta página, o bien directamente aquí: Boletín 7
    La reflexión y el análisis de temas de bioética resulta siempre interesante, y poder compartirlo y debatirlo con otras personas y puntos de vista diferente, es enriquecedor y fructífero.

martes, 21 de junio de 2011

Un test sobre el juicio moral

Moral Sense Test (MST) es una encuesta sobre el juicio moral. Se plantean unos dilemas morales hipotéticos y se solicita que el encuestado dé una respuesta. http://moral.wjh.harvard.edu/
La investigación está patrocinada por el Laboratorio de Neurociencias Cognitivas de Primates de la Universidad de Harvard.

La convicción de los investigadores es que el "intelectualismo" de la ética ha llevado a conceder un papel primordial a los elementos racionales en el juicio moral, y, por tanto, ha permitido y fomentado la idea de que el desarrollo moral es algo progresivo, que se adquiere a través de un entrenamiento y un aprendizaje. Frente a ello, afirman que «La mayoría de nuestras intuiciones morales son inconscientes, involuntarias, y universales, y se desarrollan en cada niño a pesar de no tener educación formal. Cuando los humanos, desde los hombres primitivos del Valle del Rift hasta los multimillonarios de Silicon Valley, generan intuiciones morales, éstas son decisiones instintivas que se toman sin saber porqué o cómo; Nosotros llamamos a esta capacidad, nuestra facultad moral.» Y citan como teóricos que les inspiran a David Hume y a John Rawls, combinación ésta cuando menos curiosa, cuya lógica se nos escapa.

La investigación sobre el desarrollo moral es un tema bien conocido. Suele citarse a Lawrence Kohlberg como el autor más importante que propuso una teoría del desarrollo moral en etapas, al modo como lo hiciera J. Piaget hablando del desarrollo cognitivo. El modelo de Kohlberg está también basado en una investigación en la que se proponían dilemas morales a niños de diversas edades, con el fin de evaluar las respuestas y determinar si existían patrones comunes que permitieran establecer una secuencia de fases, necesaria y universal, como la que finalmente encontró este autor.

Son muchas las críticas que ha recibido: por su inspiración kantiana (al proponer que el nivel de mayor desarrollo moral, postconvencional, coincide con la posibilidad de elaborar juicios morales basados en principios universales, autónomamente, y no asumiendo normas convencionales); por su indiferencia ante los factores emocionales (que sin embargo, parecen determinantes en la toma de decisiones morales); por su pretendida universalizabilidad, prescindiendo de las diferencias culturales (que en el ámbito de los valores son inexcusables); y por su sesgo de género (al haber investigado sólo con niños varones, como le critica su discípula C. Gilligan, famosa por su propuesta de una ética del cuidado). No obstante, sigue siendo el modelo más aceptado.

Lo que ahora proponen estos investigadores parece un planteamiento similar, pero con supuestos teóricos diferentes. En este caso, la hipótesis es que las intuiciones morales son inconscientes, involuntarias, instintivas, como una suerte de "sentido moral innato" que estaría instalado en el ser humano y que sería independiente y, al parecer, más impositivo y presente que los aprendizajes intelectuales. La cuestión es interesante, pero no exenta de controversia.

Que hay elementos subyacentes, probablemente inconscientes e involuntarios, en nuestro comportamiento y en la toma de decisiones, resulta evidente. Aunque conviene huir de los posibles reduccionismos neurobiológicos, que están tan de moda últimamente. Lo que sería menos admisible es la afirmación de que esos elementos explican todo, como un determinismo que permitiera predecir la acción humana, o "liberarla" de los elementos adquiridos por el aprendizaje, la cultura, la modificación (incluso biológica) que las experiencias vividas van generando en el individuo. Sin embargo, todavía no sabemos en qué acabará esta investigación, ni si serán éstas sus conclusiones. Habrá que esperar. Por ahora, basta con responder el test.

lunes, 13 de junio de 2011

Más blogs, más ideas, más que compartir

En los últimos tiempos venimos asistiendo, más y más, a movimientos ciudadanos concitados y animados a través de redes sociales. Venimos observando cómo la red, la blogosfera, los modelos virtuales, sirven a la participación activa, a la reflexión compartida, a la distribución y promoción de ideas, eventos, proyectos y sueños. Y el mundo se va haciendo más interrelacionado, más fluido, más dinámico, más conectado.
Por eso no podemos sino dar la más calurosa bienvenida a nuevos espacios de comunicación. En este caso, el blog de Fernando Carballo "En torno a la excelencia clínica". Desde la experiencia clínica, desde las aventuras compartidas en el inicio de los comités de bioética en España, desde la reflexión ponderada y la investigación rigurosa, Fernando nos propone reflexionar más allá de la rutina. Una buena manera de reencantar la realidad, aspirando a mejorar la calidad. Esta es su dirección: http://excelenciaclinica.blogspot.com/
No por llevar más tiempo en la red resulta menos interesante el proyecto de "La momia que habla" un grupo de personas inquietas que del mismo modo que componen, tocan y cantan generando con su música adhesiones incondicionales, o abren espacios imaginativos desde la imagen o la palabra, también promueven la reflexión, el análisis sobre la situación de los profesionales de la salud, sobre cómo formar mejores profesionales, sobre cómo seguir pensando, en un blog que se llama como ellos, y en el que incluyen, según dicen, todo lo que no les cabe en las canciones. Que es mucho. Su dirección: http://lamomiaquehabla.blogspot.com/
En el espacio dedicado a "Blogs relacionados" pueden encontrarse estos y otros espacios afines. La lista va creciendo, lenta, pero inexorablemente, ofreciendo más puertas por donde entrar a otros mundos.

martes, 17 de mayo de 2011

Examinar sobre aspectos humanos para estudiar medicina

La formación de los futuros profesionales sanitarios es, sin duda, un elemento esencial para la sociedad y es determinante para los valores, actitudes y compromisos que vayan a observar y defender en su práctica profesional. La bioética tiene una dimensión pedagógica importante, al promover cambios sustanciales en el modo como se desempeña esa relación con los pacientes. Y ha enfatizado los aspectos de comunicación, respeto a la autonomía, sensibilidad ante las opciones diferentes de valores, búsqueda de la calidad, etc.
En este sentido, la Asociación Americana de Colegios Médicos (American Association of Medical Colleges (AAMC)) ha propuesto un conjunto de recomendaciones que subraya aún más esta dimensión humana y social: sugiere incluir este tipo de aspectos en la prueba de ingreso, el Medical College Admissions Test (MCAT).
El Medical College Admission Test® (MCAT®) es un examen estandarizado que se realiza en las facultades de medicina en Estados Unidos, con preguntas de respuesta múltiple, cuyo objetivo es evaluar la capacidad de resolución de problemas, pensamiento crítico, razonamiento, habilidades de escritura y expresión, y conocimiento de conceptos y principios científicos, como prerequisitos para estudiar Medicina.
Las recomendaciones, que se implantarían en 2015, se justifican por la necesidad de que los estudiantes estén preparados para tratar con los asuntos humanos y sociales.
Lo que resulta interesante es reflexionar sobre si un examen puede "garantizar" unas aptitudes (¿y actitudes?) básicas para los futuros médicos (lo que es extensible a otros profesionales sanitarios).
Hace ya tiempo que se viene comentando que los cursos de bioética llegan demasiado tarde y no consiguen modificar actitudes; que el aprendizaje de los valores es determinante pero se adquiere en etapas muy tempranas de la vida y que, por ello, resulta muy difícil cambiarlos posteriormente; que se aprende más de lo que se ve que de lo que se estudia, lo que explica que el "curriculum oculto" (lo que no se hace explícito sino a través de los comportamientos cotidianos) tenga más influencia que cualquier plan de estudios, etc.
Y no es la primera vez que se propone que los elementos actitudinales, la sensibilidad ante ciertos aspectos de lo humano, las habilidades de comunicación, etc., siendo tan relevantes para la práctica de los profesionales sanitarios como su formación científico-técnica, sean evaluados, ya sea en el momento de ingresar en la facultad, como prerequisito (al modo del MCAT), ya sea en el momento de obtener su título, como examen de competencias adquiridas en este ámbito más socio-humanístico.
Sin duda, habrá argumentos a favor y en contra. Y conviene ponderarlos con cuidado. Pero también parece irrenunciable esta dimensión educativa: los profesionales sanitarios trabajan en relación a situaciones de vulnerabilidad de las personas, en donde se ponen en juego valores fundamentales, ¿cómo no tomar en consideración la necesidad de formar en este aspecto al que la bioética concede su principal atención?